jueves, 12 de marzo de 2009

Errante en la multitud (o una vida en subte)

“Volviendo a la muchacha de blanco la juzgué belleza un poco rara para la mujer de mi vida, pero tan única, tan extrema, que si pasaba de largo y la perdía de nuevo en el mundo sin haberla estrechado entre los brazos, sin haberla conocido, el desconsuelo no tendría fin. Ya lo dije, cuando mucho monologamos en la soledad, bordeamos la locura.” Adolfo Bioy Casares “El Gran Serafín” (Ad Porcos)

Errante en la multitud
(o una vida en subte)

Diez de la mañana, estación Primera Junta. El bamboleo del subte producía en el hombre un sopor cómplice: protegido del frío de la superficie, se sintió pleno, exultante. Disfrutaba del viaje en ese subte de maderas con olor típico, y se aprestaba a disfrutar también de ese día nuevo. Tan pletóricas sensaciones lo despabilaron. Se dijo que amaba la vida.
Tenía a su lado a un viejo de aspecto inofensivo que leía un grueso libro, de cuyas tapas se podía distinguir el título en letras doradas: ¿Ashaverus, leyenda o realidad? La barba encanecida, no muy larga, disimulaba una cara poceada y roja. Frente a ellos, junto a la ventanilla, vio a una señora tal vez cercana al medio siglo, pelos lacios, pálida de tanto maquillaje, sonrisa idiota y mirada perdida: en general, la imagen de la estupidez.
Entonces, en Río de Janeiro, el hombre advirtió la presencia: otra mujer, la mujer. Al principio la miró de reojo, y luego de modo descarado. Pensó que no era la primera vez que la veía, pero no logró recordar ningún vínculo. ¿Acaso reminiscencias del ideal de belleza...?
No es que fuera llamativa… no, no, nada de eso. Pero no podía dejar de mirarla. Su pelo evocaba la profundidad de la noche. Sus ojos negros, penetrantes y profundos, contrastaban con una palidez extraña, seductora. Su silueta sencilla e insinuante se matizaba con la edad indescifrable de algunas pocas elegidas que parecen desafiar al tiempo y las arrugas. Irresistible, el conjunto despertó al Don Juan.
En Castro Barros comenzó el juego de miradas, sostenido por el hombre con más voluntad y amor propio que habilidad. Ella habrá advertido el juego: al principio pareció turbarse. De a poco se entabló el típico diálogo de miradas que permite un viaje en subte: un objeto cualquiera, una propaganda, un pasajero medio ridículo, cualquier excusa fue válida.
En Loria se dio cuenta: si no trataba de evolucionar, el “diálogo” podía quedar en apenas un pasatiempo. Pondría garra en la cuestión.
En ese momento, apenas pasado Once, advirtió que su vecino —¿acaso un puritano?— mostraba cierto malestar. Él le lanzó una mirada de reproche y, de un modo amable y casual, le preguntó a la vieja de enfrente si no le cambiaba el asiento. Ella accedió encantada, quizá por la ocasión de devenir en celestina.
A su lado. Al fin.
—¿Sabías que cada estación tiene un color distinto? —dijo él señalándole los carteles de publicidad—. ¿Ves los rebordes?
—¿Qué rebordes? —le contestó ella con una sonrisa.
—Aquellos —insistió él—, cada estación tiene uno propio. Por ejemplo, fijáte que Alberti es rojo, rojizo; y, como viste, Once es gris. En realidad hay dos ciclos de colores que se repiten: azul, gris, verde, naranja. Cuando terminan, vuelven a empezar.
—¿Y eso qué significa? —un pequeño movimiento de cabeza indicaba que ella se divertía con la situación, el hielo estaba roto—. ¿Significa que es circular el tiempo?
—¡El tiempo! ¿Qué tiempo? No, yo no digo nada de eso —contestó en medio de una carcajada—. No me digas que estudiás filosofía, psicología o alguna de esas cosas que hacen que te preguntes por todo.
—Yo no estudio —fue la seca respuesta—. No es cuestión de estudio. Sólo te preguntaba acerca de la utilidad de tu información.
El viejo esbozó una mueca divertida. La cosa se había complicado de repente. Habría que volver a hacer pie, podía perder todo. Intentó encauzar el rumbo.
—Ya entiendo —dijo con cautela—, no me crucé con una filósofa. Sólo con una mujer inteligente.
Ella sonrió, le habrá gustado. Pero nada dijo. Temeroso de que la conversación laguideciera, él se apresuró:
—Después de todo —dijo con tono doctoral— te marqué un hecho específico, sin otra significación. ¿O todo tiene que tener una utilidad? —le preguntó, mirándola directamente—. ¿No hay cosas bellas en sí?
Esta vez ella sonrió con franqueza.
—Tenés razón —se miró las uñas, largas y bien cuidadas—. Perdoná mi brusquedad, es que el tema del tiempo me apasiona.
Pero él no podía dejar de mirarle las uñas. Esas uñas que no parecían invitar a las caricias.
En realidad estoy lejos de las caricias, se dijo. Hay que salir del fárrago de la filosofía y volver a los temas fáciles: qué hacés, qué música escuchás, en dónde trabajás, tenés novio y otras cuestiones afines.
El viejo los miraba de puro envidioso.
Congreso. Ya no quedaba mucho tiempo.
—¿Brusquedad? Ni me di cuenta, no te preocupes. ¿En dónde bajás?
—En la última estación —ella parecía tan distante como al principio—. Igual que cada día.
Todo costaba mucho.
—Bueno, ya llegarán las vacaciones —dijo él—. Yo las espero con desesperación. Este año me voy a Europa. ¿A vos te gusta viajar?
Sí, le gustaba viajar. Y pronto, sin saber cómo, se encontraron discurriendo acerca de países lejanos y pueblos desconocidos y temas exóticos.
Ella se volvía más locuaz. En Sáenz Peña contó haber visitado lugares ignotos donde el hambre y la miseria diezman a las gentes. En Lima, habló de los desiertos en los que el agua se cotiza más que el petróleo. En Piedras, de sitios donde sólo puede haber un niño por familia, y de familias que lo llorarán en la guerra. En Perú, de remotos parajes donde Epulones modernos viven en casas con umbrales atestados de pobres y enfermos. Y en...
Y él ya no quiso hablar. Sólo había pretendido acercarse a ella, intentar una conquista fugaz, no comprender sus experiencias acerca de lugares tan terribles. Sólo conocerla. No pretendió amarla. No todavía. Y así se lo dijo.
Ella sonrió, dejándole entrever unos dientes perfectos y tendiéndole su mano. El se sobresaltó y, sin darse cuenta de lo que hacía, se levantó del asiento. Quería preguntar y quería oír. Su inteligencia estaba alerta, pero su voluntad se entregaba a la mujer. Intuía lo maravilloso y lo terrible. Y, mientras el vagón comenzaba a moverse, dirigiéndose como siempre hacia la última estación, el también le tendió su mano.
Nunca llegó a tocarla y nunca llegó a Plaza de Mayo: alguien o algo lo agarró del cuello y lo arrojó del vagón. Desde el piso del andén vio que el tren tomaba velocidad, vio que se alejaba. Y, como en un sueño, distinguió la última mirada de la mujer: sus ojos eran sobresalto, desilusión, ardían como si trataran de atraerlo.
A su lado advirtió al viejo. Había caído junto a un negocio de revistas, y se levantaba con esfuerzo. El kiosquero ni siquiera se le acercó; sólo le dijo:
—¿Siempre arroja gente a los andenes?
—Otra vez —respondió el viejo gruñendo.
—¿Otra vez? —repitió con fastidio él, que a su vez se levantaba sacudiéndose la ropa, avergonzado ante los curiosos.
—Otra vez se me escapó —masculló el viejo, que ya no parecía tan viejo—. Ella…
—¿“Ella”? ¿La conoce?
—La conozco, la amo y la sigo. Pero Ella no se deja alcanzar. Y siempre se aprovecha de algún estúpido como usted para eludirme.
Él no sabía si enojarse o empezar a añorar a la misteriosa mujer.
—¿Quién es ella y quién es usted? —preguntó, y al hablar se dio cuenta de que ya sabía la respuesta.
—A ella la conocerás al final —el viejo echó a andar hacia la salida—. Yo… yo estoy demasiado cansado para explicar nada.
Se alejó renguendo.
Y pronto se perdió, errante en la multitud de la escalera.



No necesitó a interrogarlo porque mientras se paraba, la revelación, certera y segura lo atravesó: el viejo había reconocido la muerte a simple vista.

lunes, 9 de marzo de 2009

Confesiones

“Y la vida se cansa de esta perpetua tensión, se agota la imaginación inagotable. Los ideales se suceden; se les vence, caen desechos, y puesto que no hay más vida que ésa, sobre las ruinas es peciso levantar un último ideal, porque siempre y a pesar de todo el alma pide un ideal. Y llega el momento en que el soñador revuelve en las cenizas de sus antiguos sueños buscando alguna chispa que haga botar de nuevo la llama que caldee el corazón helado, que le devuelva sus viejos afectos, sus bellos errores, todo lo que le hacía vivir” Dostoievsky “Las noches blancas”



CONFESIONES

Desde siempre la soledad y la depresión han sido compañeras. Nadie sabe muy bien por qué, pero es así. Quizás sea simplemente, una muestra de lo que implica la natural sociabilidad humana. Una muestra triste. El subte, se encarga de corroborar esto cuando entrega, al igual que su primo el tren, a algún desdichado de sus vías, que en postrer homenaje lo ha elegido como su último amigo.
Bien, de esas compañeras huía aquel hombre. Huía azorado de su audacia. Y eso que toda su persona rezumaba éxito y abundancia. Alto y fornido, de cuarenta y largos años, era la imagen del árbol maduro que inspira seguridad y confianza. El rostro surcado por miles batallas amorosas, aumentaba su atractivo, a la vez que auguraba fortaleza. Sus ojos celestes, profundos, disimulados por sus cejas de color indefinido, mezcla rara de rubio y blanco, prometían misterios. Su expresión recordaba una niñez consentida. Nunca se supo de una mujer que hubiera resistido sus encantos y cada una engrosaba una larga lista de experiencia asegurada. Que a su vez le reportaba más mujeres. En su moto recordaba al viento, caprichoso y fugaz. Pero huía.
Y en la huída, luego de dejar la moto entró en una iglesia. En la soledad de la gran basílica la reflexión corría rauda como ese vientecillo que insistía en penetrar a través de su campera de cuero. Las preocupaciones adquirían entonces el color grisáceo de las inmensas paredes. Del mismo modo que esa estatua de ribetes dorados interrumpía la monotonía de las mismas, hay que reconocer que algunos recuerdos gratos conmovían sus tristezas.
El trajinar de gente parecía haber cesado luego de la misa de nueve y el silencio se hacía dueño absoluto del lugar. Ante el desierto de esa aparente desolación se alzaban a la vista pequeñas casitas que semejaban oasis. No eran otra cosa que confesionarios; parecían prometer un poco de paz.
Pero no era a confesarse a lo que había venido. No todo era tan sencillo como a simple vista parecía. La nada se asemejaba al todo como el vacío de la cúpula al cielo. En esa certidumbre pasó revista a su vida y ese desierto terminó de desalentarlo. De nada servía hablar. El tiempo había pasado y el tiempo se vengaba.
Recorriendo con la mirada las paredes del templo se dedicó a recordar. Halló soledad en su infancia. La familia tipo en la que se crió había sido tempranamente impactada por la muerte de su hermano. No tuvo otro y creció bajo la condena de haberse convertido en único hijo. A sus espaldas se acumularon todos los deseos y frustraciones de sus padres modernos. Porque no cabe duda de que eran modernos. Lo habían educado conforme a las más modernas teorías pedagógicas y eso les daba derecho a considerarse modernos. Sólo con verlos se comprobaba que de tan modernos se habían transformado en postmodernos.
Por otra parte, ellos tenían razón al afirmar que habían consagrado toda su vida al cuidado del vástago sobreviviente. Nada más cierto. Tanto como el hecho de que de niño había carecido de la mínima capacidad de sobrevivir en un ambiente adverso. Llamó su atención desde un nicho lejano la estatua de uno de los tantos santos que custodiaban el lugar.
Consagrado a estas reflexiones, y sin darse cuenta, comenzó la ascensión. No le costó gran cosa subir al techo del confesionario. Incluso el penitente que utilizó como escalera no advirtió el hecho. No hay que descontar que este lo haya tomado como propio de su situación. Un peso súbito y una posterior liberación.
Desde el techo de dos aguas, las cosas se veían distintas. Por si acaso se tomó de la cruz y contempló la escasa gente que había en ese momento. A decir verdad no notó grandes cambios. Advirtió la mirada de estupor de la feligresa que no le quitaba la vista desde hacía un rato pero más llamó su atención la vista del santo que, ahora se hallaba a su alcance. Lo miró detenidamente: el atuendo le indicó que era un rey. Uno como el que había soñado ser de muy niño. La realidad, en complicidad con el tiempo, le había demostrado que estos sueños no sirven. De una forma descarnada y eficaz. De hecho advirtió que lo había olvidado y se sintió culpable por ello.
Su atuendo era medieval y a su mirada serena correspondía una enorme espada, que vertical al suelo, le llegaba hasta el pecho. Tomado de ella se izó hasta el nicho. Lo observó entonces de cerca. Era de su altura y parado a su lado, recorrió con la vista toda la Iglesia. Ahora notaba un poco más la diferencia a la vez que observaba a la gente que comenzaba a reunirse a su alrededor. Tomó conciencia entonces de que había un nuevo punto de vista, que era el de su nuevo y regio amigo. Apreciaban su presencia. Esta vez no pasaba desapercibido.
Miró hacia arriba y vio que había una especie de reborde. El interrogante lo acució. Imaginó lo que vería desde allí y se estremeció de puro gozo. Levemente recordó que su madre no lo aprobaría. Era muy alto. Su padre vería el problema desde una óptica pragmática. No tendría un punto de apoyo confiable- le hubiera dicho concienzudo y solemne. No entendía. Consultó a su amigo sobre la posibilidad. Sus ojos tenían la respuesta. Poco le costó encaramarse en los hombros. Ni siquiera con el salto llegaba. Solucionó el problema aprovechando los centímetros generosos que le ofrecía la corona. Sabía que sólo podría saltar una vez pero tampoco necesitaba otra. Un murmullo cerrado del público que se congregaba confirmó su creencia al ver que sus manos se asían desesperadas de la escasa cornisa. Escasa pero hospitalaria.
Le costó algún trabajo terminar de subir. A decir verdad bastante trabajo. Cada pierna ocupaba un lugar preciso, codiciado también por la otra, y el cuerpo entero pugnaba por fundirse a la pared. Cuando lo logró advirtió que estaba cubierto de sudor. Y alegre porque lo había logrado. El rey, su amigo, demostraba, con su beatífica sonrisa, su aprobación.
Tan satisfecho estaba que se detuvo a escuchar las voces de abajo. Lo divirtieron sobremanera. Había quien creía que era un ladrón que, ya descubierto, insistía en llevarse algún preciado tesoro. Otros veían mal el uso que había hecho de la corona del rey. Lo creían sacrílego, pero pensó que ellos eran los sacrílegos. Demoraban su atención en lo único que realmente no era importante del lugar. Miraban hacia arriba pero debían mirar hacia adelante. Carece de sentido mirar hacia arriba si no se tienen angustias. Igual que en el trabajo. Siempre apuntaban al lugar equivocado. Pobres. Tampoco entendían. Hubiera sido ilógico que fuera de otro modo.
Arriba había una especie de barandilla, simplemente ornamental. Entre la misma y la pared apenas quedaba un espacio, que no le permitiría pararse, pero que le permitiría sostenerse. Poco tardó en llegar a ella y allí agarrarse firmemente. Colgando miró a la pequeña multitud que se seguía congregando y se sintió cohibido por mostrar sus tristezas a quienes no sabrían verlas. Lo único que quería era llegar hasta la cúpula. Su luz lo atraía como a un insecto. No se podría ver mejor que desde allí. De a poco fue dirigiéndose hasta el lugar deseado. Cada movimiento le exigía una sincronización perfecta, obligándolo a pensar bien antes de hacerlo.
En tanto buscaba las alturas, en el llano se producía una convulsión propia de las circunstancias. La ocasión había sido propicia y alguien había llamado a la fuerza pública. Y ésta, como sucede siempre en los casos en que su presencia no es indispensable, hizo su imponente aparición. La honestidad en el narrado de los hechos hace necesario aclarar que la iglesia había sido asaltada tres veces en los últimos dos meses. Esto no lo sabía el hombre.
Como en su momento no supo que sus padres le habían encontrado aquella novia. Encantadora ella, sí, pero de un carácter un tanto fuerte. Se casaron pero no tuvieron hijos. Ella no quiso saber nada. Y el tiempo, viejo estéril y envidioso, programó el consabido abandono. Tampoco volvió a ver a su mejor amigo.
Siguió en la búsqueda de su objetivo. Sólo intentaba llegar al más allá a través de las sinuosidades del camino elegido. Los brazos le dolían pero no parecía notarlo. En ese momento le pertenecían de un modo mucho más real que nunca. Estaban a su servicio. Durante toda su secundaria había deseado entablar una relación más provechosa con ellos. Nunca había sido posible hasta hoy.
Pronto llegó a situarse justo debajo de la cúpula. Vio que tenía dos partes, una más grande y la otra, concéntrica, con espacio apenas una persona. El problema era cómo llegar hasta la primera. Lo resolvió con el cable de los altavoces que encontró en forma providencial. Algún trabajo le costó cortarlos, y prepararlos como un lazo. Lacear la enorme lámpara que majestuosa gobernaba el ambiente no fue tampoco sencillo. Trepar por ella menos. Aferrado, tranco por tranco fue izándose. Con esa paciencia que siempre admiraba en sus colegas de la empresa. No importaba cuántas lámparas pisara y rompiera. Como ellos. Había que subir y subió.
En realidad no había llegado cuando una voz potente lo inmovilizó. De reojo avistó a la autoridad policial encarnada en un sargento un tanto barrigón. La voz le dijo que se considerara detenido. En la situación en que se encontraba le resultaba un tanto difícil asumir su condición de tal. Por de pronto a las manos las tenía ocupadas en una actividad un tanto más importante. Más vital. Sus ojos, a falta de su aliento, que se negó a proferir sonido alguno, dieron fe de tal circunstancia. Sólo podía subir. Y eso fue lo que intentó proseguir cuando la voz amenazó esta vez con efectivizar (esa fue la palabra que usó) la detención con su arma reglamentaria.
Pronto llegó a situarse justo debajo de la cúpula. Esta vez no escuchó la voz de alto que se repetía. Cuando llegó al vitraux de donde salía la luz se deleitó con la alegría que tanto hacía que no saboreaba. Fue bueno que la saboreara antes de que la bala escapada al voleo (se alegó que sólo tenía una función intimidatoria), luego de una serie de rebotes lo alcanzara a rozar haciéndole perder el escaso equilibrio. Acaso en el aire haya alcanzado a comprender cuál sea el precio de la felicidad.

jueves, 12 de febrero de 2009

Hastíos

“Cuando, cómo y por quien había entrado en el Departamento, son preguntas que nadie se hacía, pues cuántos en él trabajaban lo habían visto allí desde siempre, ocupándo su puesto con la misma dignidad, propio de un funcionario encargado de copiar documentos, y hubo quién llegó a suponer que sin duda había nacido así, en aquella misma actitud, en aquel preciso lugar y vistiendo el mismo uniforme.” Gogol “El Capote”



HASTÍOS
¿Metas? ¿Un árbol, un hijo, un libro? De todo eso, sólo logró dos niños que en sus rostros llevaban el estigma de lo previsible. Plantar un árbol exige entrar en contacto con la tierra. Trabajo sucio por definición. Escribir un libro supone cierta imaginación. Trabajo irreal y peligroso. Metas...
Acomodó la almohada y volvió al diario. Procuró que la luz del velador no diera directamente sobre el rostro de su mujer. No quería que al despertar arruinara su momento de soledad. En la oficina, tras su escritorio de eternos papales, rara vez estaba solo.
En un gesto maquinal intentó alisar sus pelos esclavos y dispersos. Acomodó sus lentes y prosiguió la lectura. Sus ojos, resto de rebeldía que le quedaba, se volvieron por enésima vez a la primera plana.
La noticia: un ex-combatiente, enloquecido por el recuerdo de pasados horrores, había baleado a quince coreanos en un bar. Un recuadro especial se refería a la figura del asesino, su perfil psicológico, su historia, la de sus padres, el colegio, su primera novia. Opinaban acerca de él sicólogos, sociólogos, políticos y otros que tampoco tenían mucha idea. La lejanía del tema los ponía solemnes y comprensivos. El hombre había hablado y el mundo había fijado sus ojos en él al contestarle post mortem.
El diario le había arruinado el día. En ese momento supo que odiaba esa rutina asfixiante, que nunca le permitiría mas que ser un oficinista medio, uno de esos miles que recorren la gran ciudad, que salen y vuelven a la hora indicada de sus madrigueras. Siempre a la misma hora.
Al tomar conciencia de lo que era no pudo hacer otra cosa más que odiar a todos y a nadie en particular. Odió ese mundo absurdo que lo había corrompido. Ni siquiera podía pensar en sacarse de encima esa forma aburrida y cómoda de vivir. Si se iba de vacaciones, al mar o a la montaña, al poco tiempo se aburría y acudía desesperado a la noche, al bullicio de la pequeña ciudad que se esforzaba por imitar a la grande.
Advirtió que sus pensamientos vagaban por zonas que, por imprevisibles, le resultaban atormentadoras. Se llamó a trabajar con más ahínco aventando miedos inútiles. El transcurrir del día acrecentó sus inquietudes que, poco a poco, derivaron en confusos presentimientos.
Contempló a su mujer que roncaba, haciendo gala de un indudable sentido práctico de la vida, comenzó a fastidiarse. Al día siguiente la vida sería igual. Esta circunstancia lo terminó de irritar. Su esposa lo dejaba sufrir solo. Su soledad era un hecho.
Entonces también la odió y vio con claridad lo que habría de hacer. Toda su vida serviría de marco a ese momento. Decidió que tendría un momento de gloria. Único, fugaz, duradero. Se imaginó el diario del día siguiente y su única inquietud consistió en calcular cuánto espacio le dedicarían. Debía ser cuidadoso y no desaprovechar la única oportunidad que se le presentaba. Sólo tendría una. Debía usar su espíritu metódico, añejado por la diaria rutina, para de sacar provecho de esa fama, transitoria pero eterna.
No desperdició el odio incipiente, sordo y desesperado. Antes de pensarlo otra vez ahogó a su esposa con la almohada. El único escrúpulo desapareció al notar que ella no sufrió. Prolongó el sueño. Siempre pensó que no hay mal si no provoca sufrimiento. El mismo procedimiento, considerado ya como terapéutico, lo usó con sus dos hijos, peligrosos pichones y posibles réplicas de sí mismo. En ese instante consideró que no los había formado para morir y luego advirtió que tampoco para vivir.
El tenue resplandor que insistía en filtrarse por la ventana, empecinado en que, pese a todo, el mundo funcionara. El hombre se vistió con esmero, eligiendo con meticulosidad ritual sus ropas. Luego se afeitó. El espejo le devolvió una imagen un tanto desmejorada aunque sólo se vio más pálido que de costumbre. Abrió la salida de gas, no a fin de disimular lo hecho, sino pretendiendo que la noticia se supiera ese mismo día. De otro modo nada tendría sentido. La sensación inicial era muy importante. Al pasar se preguntó si al ser detenido concedería entrevistas. Quizás lo hiciera ese mismo día.
En su bolsillo deslizó una pesada llave inglesa, dejó las llaves del departamento sobre la mesa y sin mirar hacia atrás, cerró la puerta y salió. En el ascensor iba reflexionando sobre el modo de hacer que el asunto no apareciera como un simple crimen pasional. Eso no es original. No le quedaba mucho tiempo.
Tocó el timbre del portero. Como era domingo atendió una cara barbuda y dormida. Sin mirar lo derribó de un golpe con la pesada herramienta. Los golpes de remate fueron innecesarios. Al recorrer la casa no encontró ni a su mujer ni a sus tres niños. Con rabia advirtió que se habían ido a la casa de la abuela. Sólo se topó con la amante dormida que, al ser ultimada, alcanzó a exclamar un sordo quejido. Esto no lo conformó. No es lo mismo eliminar a un trabajador con su familia que a un portero con su amante. Lo segundo es vulgar. Todavía no era una noticia. Abrió la llave de gas y, despechado abandonó el lugar.
En la calle había poca gente. Lo atribuyó a lo temprano del día. Encontró una anciana que barría el zaguán de la casa. La estranguló con prisa. Luego se encaminó hacia el lugar dónde encontraría la mayor aglomeración de gente.
Pasada media hora de deambular sin encontrar nada de interés, entró en un shoping, magnífica catedral moderna. Buscaba un ámbito propicio que garantizara la publicidad buscada. En su frente comenzó a sentir un estigma pero se tranquilizó al ver que nadie lo notaba.
Mientras esperaba una mayor concurrencia, se sentó a tomar un café. Desde allí estudió el lugar. Descubrió un negocio cuyas paredes y techo eran por entero de vidrio y se imaginó lo que sucedería si alguien arrojara un objeto contundente desde el primer piso. Los vidrios le asegurarían efectividad y le permitirían un broche digno a su cosecha. De esa manera era imposible no ganar la primera página de todos los matutinos del día siguiente.
Desde el primer piso contempló sus posibles víctimas, aguardando un amontonamiento propicio. Miró el reloj: todavía no eran las diez. Cuando el negocio estuvo concurrido se decidió. Pronto supo que su falta de vigor le impediría hacer fuerza desde la posición en la que se hallaba. La maceta de cemento no sería fácil de mover. Encontró pronto la solución. Pasó una pierna sobre la baranda, quedando a horcajadas de la misma. Así podría usar los brazos de ambos lados convirtiéndose en una especie de mortífera catapulta. Advirtió que implicaba un riesgo distinto, porque podía morir en el intento. Decidió que valía la pena correr el riesgo.
Se inclinó sobre la planta, una pequeña palmera. Tomó con una mano el tronco y pasó la otra por debajo de la maceta. Luego tiró con todas sus fuerzas. Se sorprendió al ver que no presentaba resistencia porque resultó ser de un plástico que simulaba cemento. Era más liviana de lo previsto y el envión, disparó al hombre al vacío. Cayó cerca del negocio de los vidrios en una pequeña fuente, que le sirvió de fugaz mausoleo.
Al día siguiente, en medio de la vorágine de noticias provocada por las elecciones presidenciales, un pequeño artículo del diario informó que había sido apresada una mujer. Se la acusaba de matar a su esposo y a su amante, al haberlos sorprendido en flagrante adulterio.
Por cierta compasión, y por falta de espacio, no se informó del suicidio de un hombre que había encontrado a su familia asfixiada por un escape de gas.
Una anciana muerta de un paro cardíaco al barrer el zaguán no es noticia.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Caperuzas

“Ah sí da un anno.
Un di felice, eterea,
mi balenaste innante,
e da quel di tremante
vissi d´ignoto amor,
di quell´amor ché palpito
dell´universo intero,
misterioso, altero
croce e delizia al cor.”

(Traviata)



CAPERUZAS

A medio vestir, el hombre luchaba contra los botones de la camisa. Despacio, se dijo, despacio que estás apurado. Se miró al espejo. Pensó en qué corbata eligiría. Cualquiera. No tenía mucho tiempo porque aún debía inventar una buena excusa para el escape. Escape o salida, lo mismo daba. No quería llegar tarde a la ópera. Después de tanto tiempo se merecía una Traviata. Ansioso por escucharla, ni sabía quiénes cantaban. La necesitaba. Una vez más.
Terminó el nudo de la corbata, buscó con la mirada los zapatos. Como siempre, debajo de la cama.
—¡Papá!
Los zapatos quedaron debajo la cama.
—¡Papá! —se repitió el chillido—. ¡Urgente!
Con la corbata flameante, el hombre subió las escaleras mascullando cosas contra la educación infantil.
Al llegar al cuarto de su hija la encontró trepada al armario. Con un almohadón como escudo y su muñeco de Buzz Lightyear como espada, resistía a la niñera.
—¡Bajate de una buena vez, Margarita! —suplicaba la Lucy en vano—. ¡Ay, señor, hoy está imposible!
El hombre advirtió que su tiempo era escaso.
—¿Qué querés, Marguita? —dijo frunciendo el ceño y tratando de impresionarla con su severidad—. Yo tengo que irme, y vos debieras estar durmiendo.
—¿Te vas? —dijo resistiendo todavía los embates—. Antes de irte contame un cuento. Si no, me voy a quedar acá arriba toda la noche. ¡Dale, dale! Quiero que antes me cuentes un cuento. ¡Contame un cuento!
La nena eludió a la empleada y saltó del armario a los brazos de su padre, tirándolo contra el otro armario. El hombre intentó zafar del abrazo mientras reconsideraba la situación.
—¡Contame un cuento! —repitió Margarita puchereando.
Un cuento. Quería un cuento. Ni más ni menos. En ese preciso instante.
Calculó el tiempo que le quedaba y vio que era poco. Una discusión sería larga, perdería más tiempo convenciéndola del apuro que contando un cuento. Buscar otra solución sería inútil, como era inútil discutir con ella. Por otra parte, desde la muerte de su esposa tampoco tenía ganas de discutir, ni con ella ni con nadie.
—Te voy a contar un cuento, pero después te vas a dormir —le dijo con suavidad; y la sentó en la cama, indicándole a Lucy con una seña que él se haría cargo.
—Bueno, papi —dijo Margarita acurrucándose junto a él—, contame mi cuento, que después voy a ser buena.
—A ver… —miró por toda la habitación tratando de inspirarse—. Había una vez…
—¿Todos los cuentos empiezan con “había una vez”? —preguntó ella, y sin darle tiempo a responder, agregó levantándose—: Esperá que cierro la ventana porque tengo frío.
El hombre usó ese breve instante para pensar. Mejor dicho, para inventar un tema que la aburriera un poco y que no despuntara hacia una segunda parte. La tarea no resultaba tan sencilla. No encuentro nada, se dijo, ni aburrido ni interesante. La falta de experiencia no lo ayudaba. ¿Algún cuento con animales? Claro que, considerando la gama de posibilidades que se le abrían, lo descartó. No, no, los animales eran demasiado interesantes y la cuestión podría alargarse. Necesitaba un cuento sumamente breve. Con un suspiro se decidió por lo convencional: contaría el cuento de Caperucita Roja.
Margarita se acomodó y se recostó usando el regazo paterno como almohada. El hombre tragó saliva, y empezó como pudo.
—Había una vez una niñita que se llamaba Caperucita Roja (¿cómo empezar el cuento de Caperucita Roja sino así?). Y Caperucita debía ir a la casa de la abuelita.
—¡Papá! —dijo indignada—. ¿Me vas a contar Caperucita, que ya me lo sé de memoria? Si querés, te lo cuento yo a vos y todo. Mira: “Había una vez una niñi…”
—¡Margarita, por favor! Esta es una versión distinta.
—¿Qué es versión?
—¿Versión? Este… Es como si fuese la historia de Caperucita pero con otras cosas.
—No entiendo.
—Bueno, es como si fuese mi Caperucita.
—No entiendo.
—¡Entonces escuchame y vas a entender! Caperucita debía ir a la casa de la abuelita a llevarle una canasta de flores. Debía ir por el bosque sin demorarse, porque el lobo andaría cerca. Y...
¿Cómo seguiría el dichoso cuento? Y, sobre todo, ¿cómo lo terminaría?
Otra interrupción:
—¿Cómo era tu Caperucita, papi?
Ajá. Conque la salvaje comenzaba a pedir ciertos retoques en la versión clásica…
—Mi Caperucita era una niña de unos siete años. Era pequeña, simpática y buena.
—¡Esa es la Caperucita de siempre, papá!
—Bueno, bueno. Lo que pasa es que, de afuera, todas las Caperucitas son parecidas. Pero esta Caperucita era una nenita un poco pícara, muy movediza y bastante desobediente. Pero eso sí: era la nenita de su papá.
—¿Cómo yo? —Margarita levantó sus ojitos ansiosos.
—Un poco —le respondió mirándola y recordando súbitamente, en esos ojos, otros ojos pardos.
—Tenía un pelo negro, muy oscuro, del color de las noches sin luna. Caperucita iba hacia la casa de su abuelita. El papá, que era el guardabosques, le había advertido que fuera rápido y que no se distrajera. Así fue que Caperucita salió caminando, al tiempo que reflexionaba sobre la cantidad de advertencias que había recibido.
—¿Por qué tenía que reflexionar? —dijo Margarita—. En el jardín nos mandan a reflexionar cuando nos portamos mal. ¿Caperucita ya se había portado mal, o se iba a portar mal?
—No sabemos si se va a portar mal, nena. Y si seguís preguntando a cada rato, yo me voy y no lo vas a saber.
Intentó recomenzar, pero le costaba hilvanar las ideas y darle al relato su tono preciso. El reloj le avisó que ya no llegaba; como sumo, entraría hacia la mitad del primer acto. ¿Qué había en el primer acto? Nada interesante. En realidad se perdería el instante en que Alfredo se enamora de Violeta. ¡Ah, y también cuando Violeta se va enamorando poco a poco al entrever la posibilidad de la redención!
—Al llegar a un claro del bosque —siguió diciendo—, Caperucita se encontró con una figura gris agazapada en el otro extremo. No tuvo problemas en reconocer al lobo del cual tanto le habían hablado. Se lo veía tan triste, que Caperucita no tuvo miedo.
—¿Ni un poquito? —dijo Margarita, incrédula.
—Nada. Solamente se quedó mirándolo. El miedo le era ajeno, no pensó en huir. Fue una lástima que no lo hiciera porque sin darle tiempo a reaccionar la agarró y se la metió en una bolsa, oscura y profunda. Luego, se dirigió a su cueva dando grandes zancadas.
También debería obviar el fin del primer acto, dónde Alfredo declara su amor y conquista a fuerza de música a su amada. Con ese amor que es el palpitar del mundo entero. Misterioso y etéreo. Cruz y delicia al corazón. Cerró los ojos y recordó la escena. No importaba. Se convenció de que lo bueno comenzaba en el segundo. Decidió apurar el trámite. No sabía cómo. —Caperucita sabía que su padre vendría a buscarla en cuanto advirtiera su tardanza. Y viniendo su padre nada tendría que temer. Por otra parte, nunca había terminado de entender el porqué de la maldad del lobo. Ni creía que fuera tanto como se decía. Mas bien era una leyenda de la gente que no sabía vivir feliz. Y como ella era feliz no la creía. A pesar de las prevenciones de su papá.
Tomó conciencia de que el cuento se le escapaba de las manos. Misteriosos fantasmas lo asechaban. Se habían mezclado cosas que él se guardaba celosamente. Supo también que había esperado derrotarlos en la ópera a fuerza de música. Se uniría al tenor y juntos derrotarían al común enemigo.
—Mientras tanto su padre cayó en la cuenta que su niñita tardaba demasiado y, maldiciendo su torpeza, tomó su gran hacha y salió corriendo hacia el bosque.
—Había una larga historia de rivalidades entre ambos. En realidad era una rivalidad existente entre sus especies. Una rivalidad connatural. Eran viejos enemigos por cuestiones también viejas. Se odiaban y se temían”.
Pero el segundo acto no duraría mucho más. Mejor, porque la escena donde el padre de Alfredo convence a Violeta de que lo dejara por amor a su otra hija es muy triste. Imaginó la voz del barítono envolviendo el teatro, al tiempo que se mezclaba con la música de la soprano, con un contrapunto de una insoportable belleza.
—¿Y el papá tenía miedo?— la pregunta lo volvió a la realidad.
—El papá no temía por si sino por Caperucita— prosiguió —No tardó en encontrar la vieja cueva del lobo. Vieja como el hombre. Sin preámbulos tiró la puerta de un hachazo. Este lo esperaba, con la enorme bolsa que contenía la niña, colgada al cuello. En cuanto lo vio tomó una vieja guadaña que tenía cerca de la mesa. No necesitaron decirse nada porque sus ojos se conocían.
El tercer acto no importaba. ¿Qué importaba la lucha de Alfredo con su rival? El ritmo de lo fundamental se perdía un poco en la furia de Alfredo porque su amada lo ha traicionado. No sabe que lo ha dejado por un amor más grande. No sabe que está por morir.
—Y la lucha comenzó en forma silenciosa. Con saña y furor. El hombre sufría en cada intercambio de golpes, pensando que podía ser el último. Casi prefería recibir y no dar pues no quería lastimar a la niña. El lobo en cambio estaba tranquilo. Sabía que sólo podía ganar. Sabía de lo infructuoso de la lucha y de lo seguro de la presa. Que la quería para herir al hombre, en forma más dolorosa que con el golpe de la guadaña.
El último acto sería terrible. La agonía de Violeta se desarrolla en una melodía de amor que es la misma melodía con la que había cantado su amor por Alfredo. Y él pidiendo perdón solloza promesas de un amor tan eterno como fugaz... Todo recordaría que la muerte siempre vence.
—El guardabosque por un momento pensó en llegar a algún tipo de pacto, de pedirle al lobo que tomara su vida por la de su niña, pero viendo esos ojos grises e implacables supo que no debía albergar esperanzas. Y, tomando una decisión última y extrema arrojó el hacha contra una de las terrosas paredes. Se consideró vencido, y prefirió morir, con intención de poder sufrir el mismo fin que su niña, pero, el lobo dando muestras de su odio refinado se llegó hasta la puerta y dejando la guadaña sobre la bolsa huyó”.
—Papá, ¿por qué si huyó decís que mostró un odio refi-no-se-qué?
—Porque la niña... dormía.
—¿Dormía? ¿Y eso es malo?
—Dormía, pero no despertaría nunca. El guardabosques tomó conciencia que el vivía. Solo.
Nunca supo que pasó luego. Cuando el rayo de sol penetró con fuerza el cuarto, a las diez de la mañana, se despertó en el regazo de su hijita, que con esa mirada serena que tanto le recordaba a su madre, pasaba sus manitas sobre su enmarañada cabeza ahuyentando el resto de los torturadores recuerdos.